Escribiendo...
Dos figuras conversan entre susurros en una de las esquinas
de la taberna.
R-¿Y duele?
Z-Claro que duele. Pero estoy acostumbrada al dolor. La vida
me ha acostumbrado al dolor del cuerpo y del alma.
R-¿Y qué haces para aplacarlo?
Z-Nada. Lo abrazo. Hay veces que lo contemplo. Me sumerjo en
el corazón de piedra y lo analizo. No son cosas de las que me pueda deshacer,
así que no me preocupo en exceso por ellas.
R-¿Y si nada de eso funciona?
Z-Escribo. No hay nada más efectivo que escribir.
R-Es una buena costumbre.
Z-Algunas alegrías me da… he quedado finalista los dos
últimos años en un concurso de relato de la universidad.
R-¿Y te llena?
Z-Más bien me vacía… dejo que el agua se embravezca en el
estanque llevada por el viento de mi bosque. El cielo se oscurece y los
relámpagos caen mudos entre el estruendo de las olas y el rugir de la tormenta.
Cuando parece que se acerca el fin del mundo dejo que todo esto me invada.
Partiendo desde el corazón quema mis venas. Mi mente se eleva hasta la
habitación de la luz, y las palabras brotan en los folios delante de mis ojos
mientras mis manos las acarician. A veces es como el encuentro de dos amantes…
intenso y arrollador… a veces como la
sonrisa de mi mejor amigo… desenfadada y acogedora. Siempre es hermoso.
Rien
R-¿Hay algo mejor que escribir?
Z-Es una pregunta trampa… pero esta vez me dejaré engañar.
Se hizo el silencio pero la conversación no cesó. Las dos
figuras se acercaron aún más. Unos labios buscaron otros labios y fueron
recompensados. Sus manos se rozaron el tiempo que dura un latido.
R-Hace una hermosa noche.
Una de las figuras se levanta y sube las escaleras que
llevan a las habitaciones. Tras unos minutos la otra figura recorre el mismo
camino. La misma cadencia… la misma puerta… y entre las sábanas de una sola
cama dejan de ser dos.


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